Lolo es feliz, cuenta con más amigos que enemigos, duerme sin remordimientos de conciencia, se siente satisfecho con su trabajo, disfruta cada día atendiendo clientes y es capaz de ilusionarse, como un adolescente, cada hora y media, con un cuadro, un viaje, una cita taurina, una foto antigua o un proyecto prometedor.

Le van las cosas más que bien y mantiene viva la llama sagrada de la familia, como un as en la manga. Cuando el cielo se pone gris, Lolo puede echar mano de un inmenso baúl de recuerdos, experiencias y emociones aparcadas que le permiten improvisar una salida de sol entre las nubes.

Y con este paisaje personal enmarca un singular y muy especial sentido de la libertad, porque Juan Manuel Alonso, además de ser libre, ejercita contundentemente la libertad, su libertad. Porque en él no se trata de una teoría o una filosofía de vida, sencillamente practica la libertad, no solo porque puede, sino porque forma parte de su espontánea manera de ser. Incluso cuando no podía también era libre, porque nunca se negó al riesgo y a la aventura. Y le salió bien. Le sigue saliendo bien cada día.

 

Los hombres como Lolo nunca publican su biografía íntima. No necesitan pregonar los éxitos de su vida y como me dijo un día “si lo cuento todo, casi nadie se lo iba a creer”. Quizá algún día, dentro de muchos años, alguien se aproxime a contarnos –seguro que con muchas lagunas inevitables– la intensa vida de este alcoyano, que va más allá de las atiborradas paredes de un restaurante y un catálogo de recetas culinarias. Lolo no lo contará, porque detrás de ese bigote y esa voz cazallera, bajo una aureola de empedernido truhán, hay un señor, un caballero y un tierno corazón que le traiciona constantemente con sentimentalismos, aparentemente trasnochados, que le llevan todos los años a invitar, con sus mejores manteles, cubertería y cristalería, a los ancianos del Hogar San José y a los chavales diferentes. Su generosidad se construye sobre el anonimato, que no quiere que se sepa que es una oenegé escondida entre fogones, porque interpreta la solidaridad a su manera, sin disciplinas ni compromisos, cuando le nace y le place.

 

Y ese carácter, tan singular y especial, le aleja de la vida social alcoyana y si forma parte de alguna organización o entidad raro será encontrarle en reuniones y vinos de honor, que resulta excepcional verlo fuera de su hábitat natural, el restaurante. A no ser que te lo tropieces en un mercado, eligiendo personalmente productos a pie de parada, o en un restaurante michelín o una tasca anónima, porque nunca renuncia a aprender donde sea y con quien sea, o en una plaza de toros señera, que en las portátiles se siente incómodo por cómo se trata a los toros. Porque Lolo no disimula ni oculta su pasión y devoción taurina, su entrega a los sabores de un buen habano o su debilidad ante un espléndido cuerpo de mujer. No le busquen el lado de lo políticamente correcto, que ni lo tiene ni se le espera. Tampoco lo necesita, que Lolo es mucho Lolo para las concesiones gratuitas o para renegar del 69 en los décimos de lotería. Sabe que el día que siente la cabeza desaparecerá Lolo y habrá vencido Juan Manuel Alonso.

Pero esa afortunada y liberal cabeza loca no es incompatible con la profesionalidad, el compromiso, la responsabilidad y la madurez del instinto empresarial. 

Lolo, además de un personaje referente en la vida y la sociedad alcoyanas, es ya una marca, avalada por el éxito y la continuidad, por la garantía de la calidad y la profesionalidad. Una marca que atrae a clientes de más allá de nuestras comarcas y un dinamizador, sin apenas ruido, de la diversificación económica alcoyana. Si no existiera tendríamos que inventarlo, especialmente tras la desaparición del senyó Pepe Olcina, el de la Venta El Pilar, y el vacío que provoca la distancia atlántica de Víctor Terol.

 

Y no sólo Lolo destaca en su faceta de cocinero, sino que también resalta la relación que ha establecido con otros grandes maestros de la cocina. Beneficiándose no sólo del mutuo interés por el amor hacia la cocina de calidad sino también forjando lazos de amistad que van más allá del respeto mutuo. El verdadero disfrute está en subir a la Fontanella, en cualquier época del año y sentarse a una de sus mesas, mejor entre buenos amigos, para saborear lo mejor de la marca Lolo: su cocina. Y a esperar, si tenemos suerte, que algún día nos regale su biografía íntima, menú de dioses paganos.

 Ramón Climent Vaello – Director Periódico Ciudad de Alcoy